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Yo soy yo, y comparto circunstancias

Archivos de la categoría ‘Club de los Jueves’

CRONICA DE UNA INFAMIA. (El Club de los Jueves)

Publicado por xarbet en 24 Agosto 2009

5 Jun 2009


Escrito por: f-menorca el 25 Jun 2009 – URL Permanente

Su afeitado diario era como una pequeña ceremonia. De pié en el gran espejo que había entre las dos butacas de la barbería, con el letrero de la puerta indicando aun que estaba cerrado, se enjabonaba suave y pausadamente, para reblandecer aquella piel seca y dura.

Luego, cogía su navaja preferida, una “Filarmónica” de doble temple, con cachas de nácar, y surcaba sus mejillas con la maña y destreza que le habían proporcionado tantos años de oficio.

Mientras se afeitaba, se observaba . Pensaba en los años transcurridos, en su futuro sin mujer ni hijos, en su soledad y en su tormentoso deseo sexual que le tenía aprisionado en sus garras.

Cada vez que en un periódico veía la palabra “pederasta”, su corazón se le encogía, su mente se ofuscaba y como una nube oscura se ponía frente a sus ojos. El no era, no quería ser uno de esos seres abyectos despreciados por la sociedad que abusaban de los niños. Era y quería ser una persona honesta, pero su instinto sexual le decía otra cosa.

Quería sin querer y deseaba sin desear y se odiaba a si mismo y odiaba su soledad y su marginación.

Recordaba frente al espejo, su niñez feliz y desenfadada hasta que se cruzó en su camino aquel tío suyo, recogido en su casa por su padre, y que pagó la hospitalidad que se le ofreció, abusando sexualmente durante mucho tiempo de él.

No fue capaz nunca ni de contárselo a sus padres ni de negarse a sus requerimientos, y su infantil alegría se convirtió en triste soledad y en timidez. Ni siquiera cuando su tío se fue de su casa, siguiendo su devenir de bohemio, pudo sentirse liberado.

Pronto sustituyó a su padre en la barbería, sabiendo que este seria su sitio y su vocación. Nunca se le conocieron novias ni aventuras sexuales con nadie. Escondía su sexualidad porque se sentía mancillado y diferente

Sufría por su terrible atracción sexual hacia los niños. Miraba sin mirar y sin permitir que vieran que miraba, a los chicos jóvenes, admiraba sus músculos ,sus caras lampiñas y su cutis limpio. Muy dentro de si, soñaba con aquellas pieles tersas y suaves. Por eso, rasuraba con cautela y cuidado las barbas de sus clientes para conseguir sacar de ellas el fondo límpido de su piel.

Pero nunca se hubiera atrevido a acercarse a ningún niño o jovenzuelo, recordaba demasíado sus sufrimientos. Cuando venían a que les cortase el pelo, procuraba por todos los medios evitar el contacto físico, intentaba ser respetuoso hasta con sus pensamientos, concentrándose en su trabajo y suspirando por que el próximo cliente fuera un labrador duro y rudo con barba de una semana.

Se le nubló la vista el día que le comentaron que habían detenido al cura por haber abusado de un niño. La noticia le sumió en la mas absoluta oscuridad, tanto que dejó al clientes que estaba atendiendo con la cara medio enjabonada, adujó un mareo, y se retiró a su casa.

En el pequeño piso que había sobre la barbería, se escondió la cara entre las manos y lloró. Lo hizo de rabia, de dolor y de indignación. Conocía al niño que había sido objeto de los abusos. Era la imagen de su deseo y de su frustración. También la de su honradez, ya que pese a sus tendencias, siempre se había mantenido alejado de aquel ser puro y dulce.

El que aquel curo gordo y grasiento, con la cara fofa, se hubiera atrevido a mancillar al pequeño, le hizo sentirse tremendamente airado.

Unos golpes en la puerta le hicieron volver a la realidad, era el municipal que le pedía que fuera al calabozo a afeitar al cura que tenían que trasladarlo a Madrid.

Cogió sus bártulos, evito coger la “filarmónica”, y en su lugar, puso en el capazo la “centenera” y se dirigió al cuartelillo de la guardia civil.

Sentado, serio, sin decir nada, el cura, estaba sentado con una toalla encima de los hombros para que no se le mojase la sotana.

La brocha empezó a moverse, había una toalla blanca, una sotana negra, una espuma blanca, una indignación negra. Sinfonía en blanco y negro. La navaja era el arco del violín que daba paso a las trompetas y los tambores.

La hoja de la navaja se fue deslizando por aquellas mejillas blancas, nunca había sentido tanto asco al pinzarle la piel con los dedos para poder afeitarlo, su contacto le repelía, como si tocase algo viscoso y fétido.

Y cuando dejó el mentón, superó la inmensa papada y llegó al cuello, entonces se juntó el blanco y el negro, dio paso al rojo y le llegó la más completa oscuridad al infame.

En la pared de la barbería, un calendario indicaba el santoral del día. Era San Martín.

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EL ESCRITOR (El Club de los Jueves)

Publicado por xarbet en 10 Agosto 2009

30 Jul 2009


Escrito por: f-menorca el 30 Jul 2009 – URL Permanente

La cocina era la habitación mas acogedora de la casa, y se había convertido en el lugar en donde se desarrollaba la mayor parte de la actividad humana. Allí, sobre la mesa que había en el centro, había situado Eufrasio la vetusta máquina de escribir y allí se pasaba horas y horas intentando pasar de su cabeza al papel el que sería el libro que le daría fama y reconocimiento mundial.

Habían pasado ya cuarenta años desde el día en que dijo a su madre que quería ser escritor.

Ella le dijo que sí, que muy bien, pero que se fuera a acostar porque era ya tarde.

A la mañana siguiente se negó en redondo a ir al instituto. En vano intentaron convencerle. Se levantó tarde, desayunó y situó su máquina de escribir encima de la mesa de la cocina.

Miles de folios mecanografiados a doble espacio por una cara, habían sido escritos desde entonces, diez libros terminados estaban cuidadosamente apilados en cajas de cartón. Muchos más, a medio escribir, también cubrían parte de la alacena.

Con paciencia digna de mejor suerte, enviaba originales a todos los concursos, e iba visitando editores. La fortuna no le había sonreído hasta el momento.

Su vida era tranquila y rutinaria, se levantaba a las ocho, iba a por el pan y el periódico, y desayunaba mientras leía las noticias del día.

Luego se ponía a escribir. Era su mejor hora, la más fructífera. Las teclas iban repicando con su letanía cadenciosa. En verano, le acompañaba el zumbido del ventilador. En invierno la leve rumorosidad del quemador de la estufa de butano.

A las doce, colocaba a su madre en la silla de ruedas, la peinaba cuidadosamente, la perfumaba y le ponía un poco de colorete en las mejillas. Luego la metía en el ascensor, y la llevaba a su habitual paseo diario.

Pasaban por delante del kiosquero, de la frutería, del zapatero remendón, y también frente al ventanal de la sucursal de La Caixa, donde tenían la libreta de ahorros. Una vez por semana entraban a retirar los ciento cincuenta euros que necesitaban para sus gastos.

Dedicaba las tardes a visitar la biblioteca del barrio. Allí, buscaba información, se documentaba y también se llevaba algún libro para leer.

Después de acaba la lectura del último éxito editorial, siempre acostumbraba a maldecir en voz baja. Aquel libro no era mejor que los suyos, la única diferencia era que había encontrado un patrocinador.

Una vez a la semana, visitaba a su novia. De hecho la palabra novia, quedaba un poco ridícula porque los dos pasaban de los cincuenta, pero era la realidad. Llevaban más de treinta años de noviazgo y ella al fin había asumido como inevitable que Eufrasio no iba a dejar a su madre sola y que tampoco iban a compartir con ella la vida. Por lo tanto, no se podrían casar hasta que se muriera su suegra.

Durante estos años, esto había sido su principal motivo de discusión, muchas veces habían roto, y otras tantas habían vuelto a reconciliarse, porque al fin y al cabo, ninguno de los dos tenia a nadie más a quién agarrarse.

Pero un día, cansada de esperar y de estar sola, hizo lo que siempre le habían prohibido hacer, y era presentarse en su casa.

Fue como un flash, una decisión súbita. Tenía vacaciones en la oficina, y aquella mañana, sus pasos la llevaron a la Calle Comercio número siete, donde su novio tecleaba con incombustible tesón en la cocina de su casa.

De hecho ella, ni siquiera conocía a su suegra, y quería intentar convencerla de que podían vivir los tres juntos.

La sorpresa fue mayúscula cuando Eufrasio abrió la puerta. Hizo un amago de no dejarla entrar, pero ella se puso terca y empujó la puerta con decisión.

Algo debió ver en sus ojos y en su expresión que le hizo preguntar:

-¿Dónde está tu madre?

El se quedó de pié, silencioso, mirándola, sin atreverse a decir nada, como un niño avergonzado pillado en falta.

Ante su pasividad, empezó a buscar por toda la casa. En una de las habitaciones, un lienzo blanco tapaba lo que parecía una persona sentada.

Su novio, inmóvil en la puerta de la habitación, seguía sin abrir la boca. Antes de levantar la sábana, ya sabía que debajo había una anciana sentada en una silla, con la piel brillante y los ojos sin expresión ni luz alguna.

Salió de la casa corriendo como alma que lleva el diablo. Solo al llegar a la calle, se paró con los puños cerrados y las piernas separadas y lanzó un grito tremendo de rabia, de dolor y de odio.

Algunas semanas después, volvió a oírse el sonido cadencioso de la máquina de escribir.

El escritor continuaba su tarea de llenar poco a poco cientos de folios a máquina, a doble espacio y por una cara. De hecho su vida no había cambiado mucho después de que su novia descubriera a su madre embalsamada.

Allí le daban techo y le hacían la comida. Desde la celda de la cárcel, podía seguir escribiendo.

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DIAS DE RADIO (El Club de los Jueves)

Publicado por xarbet en 10 Agosto 2009

16 Jul 2009


Escrito por: f-menorca el 16 Jul 2009 – URL Permanente

A las cuatro de la tarde, cuando los señores se iban a trabajar, Eufemia, mientras lavaba los platos, ponía en marcha el vetusto aparato de radio de la cocina para escuchar su programa favorito.

Estaba contenta con su trabajo, los señores eran amables y la trataban bien Lejos quedaban los días en los que, recién llegada del pueblo, tuvo que sufrir y padecer por culpa de unos señores tacaños, sobones y abusones, que le hicieron muy difícil soportar su condición de chica de pueblo ignorante y pobre que acaba de llegar a la ciudad. Los de ahora eran buenas personas que hasta le permitían oír la radio, y esto la entusiasmaba.

Escuchaba siempre el serial de la cuatro que se Titulaba •”La Historia de María Cinta”, ella quedaba embelesada y cautivada por la narración, demasiadas veces no podía reprimir las lágrimas mientras escuchaba la triste historia.

Eufrasia lloraba cuando oía que la protagonista del serial, María Cinta, una chica de pueblo , tenía que buscarse la vida en la ciudad agreste y cruel. Lloraba de tristeza cuando oía que se quedaba de repente sin trabajo por haber rechazado las proposiciones lascivas del señorito. Y lloraba de felicidad, cuando al borde de la desesperación, el relator le indicaba que por fin, había encontrado una persona buena que le daba otra vez trabajo.

Pero sobre todo, lo que la enternecía más era el episodio del pintor bohemio y triste, que aún no sabía que sería un gran artista, y que miraba a María Cinta con ojos brillantes cada vez que se cruzaba con ella en la escalera.

Sabía a ciencia cierta cómo acabaría la historia, disfrutaba solo pensar en los dos, en la campesina perdida en la ciudad, y el pintor de la buhardilla.

Con mucho empeño, él conseguiría montar una exposición de sus cuadros, y los compradores se pelearían por comprárselos. La crítica y la prensa loarían el hallazgo de un gran pintor.

Después del éxito y ya famoso, le declararía su amor, y ella le diría que sí, que siempre le había querido. Y se casarían y se irían a vivir a una casita del campo con muchas ventanas y mucha luz, y con flores, muchas flores.

Pero a veces el timbre de la puerta, le interrumpía la escucha del programa de radio, y sus elucubraciones sobre el fin de la historia, y ella se enfadaba, porque perdía el hilo de la narración.

Siempre era el mismo el intruso que la incordiaba, era el vecino de la buhardilla, un joven bohemio y con cara triste, que decía que era pintor.

Venía a pedirle un poco de azúcar o un poquito de sal, y se la quedaba mirando con ojos brillantes, como cuando se la cruzaba por la escalera.

Ella le daba el azúcar o la sal rápidamente, y lo despedía para volver a seguir escuchando la historia.

Al final, acabó por no abrirle, conocía su manera tímida de tocar el timbre y ella hacia como si no lo hubiera oído y él, no insistía.

Afortunadamente, al poco tiempo el pintor abandonó el edificio, al parecer, había montado una exposición que había tenido mucho éxito y se había ido a vivir a una casa del campo con muchas ventanas, mucha luz y muchas flores.

Ahora estaba contenta, podría escuchar la historia de la radio sin nadie que la interrumpiera..

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HISTORIAS DEL MAS ALLÁ. (El Club de los Jueves)

Publicado por xarbet en 10 Agosto 2009

2 Jul 2009


Escrito por: f-menorca el 02 Jul 2009 – URL Permanente

Le sorprendió oír el timbre de la puerta a aquella hora de la mañana. Solo hacía unos minutos que se había levantado y estaba recogiendo la cena del día anterior y preparando el desayuno.

Se ajustó la bata y fue a abrir la puerta. Ahogó un grito al ver al personaje que estaba en el umbral. ¿Por qué no cerró la puerta de golpe solo al verle?. Nunca lo sabría, lo cierto es que se quedó como petrificada sin decir nada e incluso se apartó para dejarle pasar.

Tenía un aspecto de pordiosero andrajoso, una chaqueta raída, una camiseta a rayas tipo marinero, una cuerda a modo de cinturón y un sombrero con las alas deshilachadas. Pero lo que realmente llamaba la atención era aquella cuenca del ojo vacía que aparecía como un gran agujero negro en la cara, la nariz carcomida y los labios finos y muy prietos, formando una raya horizontal sobre el mentón.

Una de las mangas de la chaqueta, colgaba flácida, sin brazo que la sustentase, y en los pies, sólo un zapato, un palo hacía las veces del otro y ayudaba a la sustentación.

Una mano, media nariz, un ojo, un pié… Miró y comprobó que también le faltaba una oreja. El sujeto, se dirigió decidido hacia la cocina y se sentó en una esquina sin proferir palabra y sin dejar de mirarla fijamente.

-¡Mamá he tenido una pesadilla¡.

Era su hija de cinco años que bajaba en pijama y lloriqueando. La cogió en brazos, para consolarla, comprobando aliviada que no se había dado cuenta de la presencia del intruso.

Su marido bajó con prisas y a medio vestir. Hizo un pequeño gesto de contrariedad, cuando vio que el café no estaba preparado, pero se abstuvo de cualquier comentario y empezó a buscar la cafetera.

Como siempre hizo mil preguntas pidiendo donde estaba el café o el azúcar o el pan, hasta que ella le dijo, como hacia habitualmente, que se sentara que ya lo preparaba ella. Era más fácil que ir indicándole lo que tenía que hacer.

Tampoco pregunto que hacía aquel individuo en su casa. ¿Seria que solo lo podía ver ella? ¿Era un fantasma lo que había entrado por la puerta.

Envió a su hija a vestirse, y se puso a preparar el desayuno. De vez en cuando miraba de reojo al visitante, comprobando que seguía allí, impávido y silencioso.

Después del desayuno, subió a vestirse, le daba un poco de reparo dejar a aquel hombre allí, sentado en su esquina, pero no sabia que hacer.

Era una sensación extraña, le daba reparo desnudarse, sentía la presencia del extraño, incluso, cuando salió de la ducha, temió encontrárselo ahí, en su baño, pero no, todo estaba en orden.

Ayudó a peinarse a su hija, y salió con ella camino del colegio sin echar la vista atrás.

En la oficina, estuvo como ida, con la mente puesta en su casa y en lo que estaría haciendo el “medio todo” que la había invadido. Terminaba a las tres, su marido y su hija no llegaban hasta las cinco, y estuvo tentada de ir a comer a un restaurante para hacer tiempo, pero resolvió sus dudas, se armó de valor y se fue a su casa.

Abrió la puerta, y todo estaba en silencio. En la cocina no había nadie. Subió las escaleras para ir a cambiarse, y en su habitación, se los encontró a los dos.

El extraño personaje que había entrado por la mañana en su casa estaba sentado en su cama, jugando a las cartas con su madre. Los dos estaban desnudos. El que su madre hubiera muerto hacía más de diez años, no era lo más sorprendente de la situación. Lo que más llamaba la atención era que al fantasma, ahora si que podía llamarlo así, le faltaba también medio cuerpo, y a través de las aberturas se le veía el corazón colgando y sujeto con imperdibles, y el estómago y las tripas recogidas con cartón y esparadrapo.

No pudo evitar una arcada y se metió en el baño a vomitar. Cuando salió después de enjuagarse la boca y lavarse los dientes, no había nadie en su habitación, pero sobre la cama seguían los naipes desparramados.

Supo en aquel momento con precisión milimétrica lo que tenia que hacer.

Se desnudó, esta vez sin pudor alguno, se recogió el pelo en un moño, y se sentó en la cama adoptando la postura del loto, cogió las cartas y empezó a barajarlas.

Empezó el juego. Echaba las cartas y una mano invisible, las recogía y las ponía frente a si en abanico jugando a la vez una de nueva.

Estuvieron así, durante horas, ella, una tras otra iba ganando todas las partidas. Pese a eso, sufría, sabia que solo perdiendo una ya no podría desprenderse de los fantasmas.

Notaba la presencia invisible de su madre, que como siempre, jugaba a favor del otro. Un cierto olor a azufre empezaba a notarse en el ambiente, el sudor, un sudor negro como el café, le bajaba de la frente en gruesas gotas que le iban cayendo sobre los pechos.

Invocó mentalmente a todos los orishas conocidos, llamó a Oxú, a Omarán a Pernifás, cada carta era un nuevo envite, cada jugada un reto. Se sentía húmeda, como si todos los poros de su cuerpo estuvieran rezumando, incluso las lágrimas aparecieron, pero no eran de miedo, eran de furia, de desafío.

El silencio espectral que había estado flotando en el ambiente durante toda la partida, fue roto por el saludo infantil de su hija que llegaba con su padre del colegio.

Aquel grito claro, fuerte, cristalino y feliz, rompió el hechizo, y desapareció el olor a azufre, los naipes se esfumaron como por encanto y ella se sintió aliviada, segura de haber ganado.

Apenas tuvo tiempo de ponerse debajo de la ducha antes que subiera su hija, allí, su cuerpo marcado con grandes regueros negros, recobró su color, y por el desagüe de la ducha, se fue diluyendo el maleficio.

Había ido al más allá y había regresado victoriosa. Antes de ponerse el albornoz e ir a abrazar a su hija, tuvo un último recuerdo para Oxú, Omarán, Pernifás, sus amigos, los orishas.

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SU ULTIMA CENA. Version Masculina

Publicado por xarbet en 3 Mayo 2009

Mesa para dos en el restaurante de mi amigo Ho min. En un rinconcito discreto, tenuemente iluminado, se oyen los acordes inconfundibles de un Koto gimiendo con la melancolía de un adiós o el trémulo rumor de las hojas en el bosque.

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ESCUELA DE RECICLAJE

Publicado por xarbet en 3 Mayo 2009

Mi mujer era una santa, como mi madre, hacendosa, honrada, fiel, señora de su casa y amante de su marido. Quizá el hecho de no tener hijos, influyera en su capacidad de dar siempre lo mejor de sí misma y de estar siempre a punto para lo que necesitara.

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FLATULENCIAS PELIGROSAS. Club de los Jueves

Publicado por xarbet en 3 Mayo 2009

Sucedió de repente. Yo estaba en la oficina, tranquilamente, y sentí la necesidad de soltar una ventosidad, y pensando que seria suavecita y dulce, y que no se enteraría nadie, dejé que saliera. Me salió un pedo enorme que hizo que todos levantaran la cabeza, a la vez que yo la bajaba, avergonzada y roja de vergüenza.

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TARDE DE ZOOLÓGICO (El Club de los Jueves)

Publicado por xarbet en 3 Mayo 2009

Ayer fuimos al Zoológico. Hacia días que se hablaba en casa de que teníamos que ir, y por fin nos decidimos. En principio íbamos solo con mi madre, ya que mi padre tenía trabajo, pero al final pudo escabullirse y llegó cuando nosotros ya estábamos en el portal.

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JUEVES DE CARNAVAL (El Club de los Jueves)

Publicado por xarbet en 3 Mayo 2009

A veces, en vez de Blackdragon, me siento Grislagarto, sobre todo a la hora de levantarme bajo la dictadura implacable del despertador. A un super héroe como yo, no se le deben pegar las sábanas,no puede tener pereza, debe saltar como un rayo de la cama, en la cual, nunca duerme, solo descansa, para incorporarse al ritmo diario de la vida de un benefactor de la humanidad.

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FAUSTINO EL “MANITAS” El Club de los Jueves

Publicado por xarbet en 3 Mayo 2009

Faustino, empresario catalán del textil, estaba preocupado por su matrimonio. Hacía días que notaba que su rutina había cambiado, ya no eran una pareja que vivía juntos el día a día, su mujer estaba demasiado expresiva, demasiado pendiente de llevarse bien.

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